Falta de instrucciones para no morirse …

Cuando  sin querer, de manera muy azarosa se encuentra  el perfume de alguien que ya no está, uno se quiere morir. Sí, morir es la palabra, una silenciosa agonía se posiciona en la garganta y se puede sentir el filo de su presencia, es un segundo -que uno quisiera que durase una eternidad-. Pero el aroma desvanece y el recuerdo de su cuerpo también, nada es asible, y todo se diluye en llanto seco y mudo. Busco con cierta esperanza algún objeto de la casa que aún conserve sus huellas, su aroma. Conservo un poncho  y una gorra de invierno que usaba para dormir, algunos papeles, sus identificaciones donde aparece con una sonrisa y hasta con cierto desparpajo. Racionalmente se sabe que él no está alli, pero un aroma, un perfume puede quebrar cualquier razonamiento lógico sobre su ausencia. Porque como dice Suskind en El perfume:  La fuerza de persuación del perfume no se puede contrarrestar, nos invade como el aire invade nuestros pulmones, nos llena, nos satura, no existe ningún remedio contra ella…. y quizá uno tampoco desee encontrarlo.

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